
Una foto de 1930
El mayor muestra su gesto adusto remedando la seriedad del padre. Se llama Amadeo y se está aguantando la carcajada. Los cuatro hermanos acaban de mirarse y casi estallan de la risa. Pero en el momento de la foto hay que contenerse. Sobre todo el hermano mayor, el cabeza de familia, el responsable de la estirpe. Amadeo no se ríe por obligación. Menor que Amadeo hay otro hermano. Quiere ser como él. Quiere ser mayor. Tiene tres años menos y es su hermano amigo, el confidente. Se llama Angel y quiere ser como su padre. Su padre se llamaba Amadeo y siempre quiso tener un hijo como él.
Amadeo, el hermano mayor, también quiere que Angel sea como su padre. En la foto ambos se miran de reojo. Amadeo parece pedir ayuda a su hermano Angel. Se miran, no dicen nada, pero parecen confiar el uno en el otro.
Eusebio es dos años menor que Angel. Tiene diez años y casi nunca rie. Apenas hoy esbozó una breve sonrisa al posar ante el fotógrafo. Su ropa está raida, sucia, manchada y rota. Está muy sucia y rota. El día que entró a trabajar en la fábrica que montaron en las afueras de la ciudad dejó de reir. A su padre le hubiese gustado que fuera un niño simpático y alegre. Le hubiera gustado que anduviese con su traje de lino bien liso y lustroso, de cabeza alta y sonriente, saludando a los conocidos, a los amigos, a los vecinos. Pero desde que Eusebio entró a trabajar en la fábrica se le está poniendo cara de mayor y ya no sonrie.
Detrás de Eusebio, al que le encantan los automóviles, vemos en la fotografía a su madre y a otro hermano menor. Eusebio lustra sus botas y las lleva siempre bien engrasadas, aunque para la foto, se entiende que por la urgencia con la que se hizo, no tuvo la oportunidad de darles betún y no lucen como le hubiera gustado. Pero se nota la diferencia si nos fijamos en el calzado de sus hermanos.

A lo mejor Eusebio deja la fábrica y se dedica a vender automóviles. Con sus botas lustrosas, brillantes, acharoladamente brillantes, negras, de un negro azabache luminoso es posible que venda los automóviles con mucha facilidad. Porque un vendedor de automóviles vende siempre mucho más si lleva las botas limpias. Eso dice Eusebio.
Vemos a la madre y al hermano pequeño. Tienen el gesto compungido. El pequeño José vive pegado a su madre. Su madre, viuda trabajadora, blande la hoz con firmeza aparente, mientras sujeta con sus trabajadas manos un casi invisible cabrito negro que dejarán crecer, pero que con certeza algún día presidirá la mesa, calentito y humeante. Su madre joven aporta el calor frío de su desesperanza y la confianza forzada en sus hijos desorientados. Es una madre joven cansada, envejecida antes de tiempo por el desasosiego de su incertidumbre. Una madre sin sonrisa, austera en la mirada, seria y decidida, responsable madre trabajadora, madre sola, madre triste, cansada, angustiada, sin sonrisa. La mano que agarra la hoz es tosca y ruda. Destaca su sequedad madura. Sobre la otra apoya su filo, ahora sereno. El pulgar de la mano izquierda parece soportar el peso del trabajo labriego que les da de comer.
El pequeño José mira de frente. Se parece en el ceño a su madre. Su mirada firme es la de sus hermanos. La misma mirada firme e incrédula de la madre. La misma mirada firme y temerosa de sus hermanos.
Todos miran al objetivo y piensan la foto. Piensan en su presente y en su futuro. Piensan, olvidando el pasado, en el instante presente de la fotografía y en el futuro. Un futuro distante para ellos que no conocemos y cuyo presente ya es hoy parte de nuestro pasado.




























































